Todos náufragos

20376gDe todas las guerras en las que Ramón Lobo ha estado solo hay una de la que nunca pudo regresar: la que mantuvo con su padre durante 60 años, la única capaz de sobrevivir a la muerte de uno de los contendientes durante al menos la mitad de ese tiempo, porque Ramón Lobo padre murió en 1983, justo cuando “la transición había comenzado”. La personal. De la política ya hablaremos.

Todos náufragos, último libro de Ramón Lobo Leyder (1955), es en parte una autobiografía y es, por otra, la biografía de la España del siglo XX: un país que despertó de la crisis explosiva de finales del XIX alumbrando una generación llamada a cambiar las cosas pero que acabó muerta o silenciada por 40 años de una dictadura que lo infectó todo sin que aún se haya hecho el trabajo necesario para la reconciliación. El drama de España es el drama de la familia Lobo, que encarna como un crisol cien años de un país que en su viaje de la dictadura a la democracia dejó “olvidado un remolque cargado con las maletas de los pasajeros”.

Ramón Lobo describe a sus tres predecesores, en la vida y en el nombre. Su bisabuelo, el primer Ramón Lobo, médico, dandi y escritor aficionado de sainetes y operetas, amigo de Azaña y cofundador de Izquierda Republicana. Tras la guerra, y a los 79 años, tan dudosas credenciales en la España franquista lo llevan a comparecer ante un tribunal en el que se le leen los cargos:

-“Sin duda se trata de una equivocación, doctor, pero existe una denuncia que afirma que usted era de izquierdas”.

-“Es una infamia, joven; corrija de inmediato: he sido, soy y seré de izquierdas”.

La edad y la jubilación lo libraron de las represalias.

El segundo Ramón Lobo, abuelo del periodista, no le va a la zaga. Médico también, pionero en dactiloscopia, y profesor auxiliar en la Facultad de Medicina de San Carlos, afiliado a UGT y ateo. Militar en el sindicato pudo haberle costado la muerte, pero Ramón se había casado con Pilar Varela, incondicional de la CEDA, monárquica y religiosa que durante los tres años de contienda acogió a un grupo de monjas que celebraban misa los domingos. Suficiente para purgar las faltas de su marido. “Eran las dos Españas acostadas en el mismo lecho”, describe.

Así, cronológicamente, esta saga que el autor compara irónicamente con los Buendía llega al hombre clave del libro: Ramón Lobo Varela, quintacolumnista frustrado, divisionario fallido y hombre autoritario que se casa con una inglesa (Maud Leyder) a la que en su familia se refieren como “hija de la Gran Bretaña” y hace carrera expropiando tierras en Venezuela (donde nace su primogénito) para la Shell.

“Tras mostrarle las notas del último curso de la carrera y decirle ‘ya soy licenciado’ me besó y me abrazó emocionado. Fue la primera vez desde la infancia del asma”.

La guerra de Ramón Lobo contra Ramón Lobo es eterna porque, sin ser ideológica, contiene los odios de dos Españas que se remontan más atrás del 36, quizá aún antes de 1808: la de los librepensadores frente a la del oscurantismo. El hijo no comprende el desapego de su padre, las palizas, las imposiciones, el autoritarismo y el deseo constante de hacerle “un hombre”. El padre no entiende el desafío del hijo, las calificaciones desastrosas, las fugas del aula, el cartel ‘Pensión Lobo’ en la puerta del dormitorio. Con los años, el desafío se extiende a la lucha política: al poster del Che, al carné del Partido Comunista, a la Guardia Civil y al Tejero que gritó “Quieto todo el mundo”. En su afán por distanciarse de su padre, aun ya muerto, Ramón Lobo se va a la guerra: “He preguntado a decenas de corresponsales de guerra sobre su relación con el padre. Muchos tuvieron una experiencia difícil, conflictiva, traumática. (…) Vamos a las guerras porque ese es el estado natural de nuestras vidas, de nuestras emociones, siempre en lucha contra algo, contra nosotros mismos; en busca del dolor que ayude a calmar la culpabilidad constante”.

Todos náufragos es la desacralización de la familia de sangre y el elogio de la familia elegida. En el árbol genealógico de los Lobo Leyder nadie escapa al escrutinio. Los buenos son diseccionados hasta dar con la avería y los malos son juzgados sin piedad pero sin hurtar al lector un juego en el que todos los ángulos son posibles. ¿Ha exculpado Ramón Lobo a su abuelo y a su bisabuelo porque representaban a la España aplastada? ¿Ha responsabilizado sin medida a su abuela, su padre y sus tíos porque eran la España opresora? ¿Ha sido condescendiente con su madre por la extrema necesidad de tener algo a lo que agarrarse? ¿Ha cerrado los ojos a las sombras de los Leyder por el ansia de sentirse parte de ellos en ausencia del vínculo con los Lobo?

La huida constante de la familia paterna se manifiesta desde muy temprano en el periodista, que arranca el libro con uno de sus primeros recuerdos de infancia: “A los siete años me inventé una vida, otra familia, un accidente de avión, un hospicio en la ciudad de Maracaibo”. La chica de servicio escuchaba emocionada al pequeño Ramón en lo que fue su primer “éxito narrativo”, resuelto por su padre con dos bofetadas y un: “a la cama sin cenar”. Las vidas inexploradas y el deseo de ser otro recorren el libro como una columna vertebral invisible. Por debajo del mapa familiar, de la memoria histórica, de la España gris de posguerra y de una Transición imperfecta, late el tema de la identidad, de la necesidad de encontrar una tabla de salvación y de las cosas que no pudieron ser.

“Enredarse en la fantasía de los ríos no navegados (…) es una ruta peligrosa que no conduce a ningún puerto”, reflexiona. Y sin embargo, es una constante. “Si Ramón hubiese vivido más años, me habría visto ir y regresar de Sarajevo, Grozni, Bagdad, de las Áfricas; regresar vivo pero dañado como él. Hubiéramos encontrado un puente, una conexión”.

“No habría nacido yo, es cierto, ni me hubiera pasado toda la vida queriendo ser otro porque el otro sería él”.

“[Agradezco] A mi padre, por su esfuerzo titánico para convertirme en otro”.

“Sentí que había perdido todo: el padre que no tuve y el que nunca podría encontrar. Su muerte nos dejó sin el perdón mutuo”.

Todos náufragos es un relato en construcción, ordenado en un aparente caos que mezcla los recuerdos escolares con historias de las guerras ‒de Madrid a Sarajevo o de Kigali a Bagdad‒; la pasión por el periodismo, las reflexiones políticas ‒de la Transición al 15-M‒, la ausencia deliberada de los hijos, la inquietud ante la muerte y los pequeños y grandes errores humanos; los propios y los universales.

A medida que avanzan las casi 400 páginas de Todos náufragos, las aristas y los matices de las vidas de más de una decena de familiares se van descubriendo sobre todo ese tapiz. Y, casi en paralelo, Ramón Lobo va aceptando su parecido con la familia paterna, e incluso que el libro que había planeado como una venganza contra su padre se ha convertido en algo inesperado. “Más que un libro contra mi padre necesito escribir un libro del perdón”.

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